70% de casos de éxito de política industrial han sido en regímenes autocráticos
Gobiernos democráticos pueden lograr transformaciones productivas con políticas de largo plazo e inclusión de sectores
CDMX, 26/05/2026.- La mayoría de países que han tenido un desarrollo industrial sostenido han sido regímenes autocráticos, pero las democracias contemporáneas también podrían hacerlo si logran vencer el reto de generar estrategias productivas a largo plazo, más allá de la inmediatez de los ciclos electorales, señalaron expertos internacionales durante el foro “Política Industrial en Disputa: democracia, transición verde y capacidades estatales”, organizado este lunes por la Facultad de Economía de la UNAM, el Co-Lab de política industrial Oxford-México, FuturoLab, y la Fundación Friedrich Ebert.
Durante la charla destacó que, si bien la intervención estratégica del Estado ha vuelto a la agenda global para acelerar transiciones verdes y recuperar capacidades económicas, su implementación en contextos democráticos presenta tensiones únicas frente a modelos más centralizados. En este sentido, los expertos coincidieron en que el diseño de estas estrategias no puede limitarse a un ejercicio puramente tecnocrático, sino que definir una visión productiva nacional debe involucrar activamente a la sociedad y no quedarse en manos de élites burocráticas o sometida a intereses del empresariado.
Amir Lebdioui, director del Centro TIDE de la Universidad de Oxford, expuso que en su investigación han encontrado que en los últimos 100 años, el 70% de los episodios de transformación estructural exitosos han ocurrido en regímenes autocráticos. Esto se debe, explicó, a que los cambios estructurales toman varias décadas, lo cual choca con gobiernos que duran a veces apenas cuatro años, en los que hay una pérdida de memoria institucional cada vez que cambian de cuadros técnicos.
Andrés Valenciano, director de Democracia Más y exministro de Comercio Exterior de Costa Rica, fue provocador con la audiencia al preguntar si alguien creía que un candidato latinoamericano podría ganar una campaña basada en temas de política industrial y, ante la respuesta negativa, subrayó que uno de los problemas es que no suele ser un tema “sexy” porque los votantes están esperando soluciones inmediatas y palpables en su vida. No obstante, dijo, la legitimidad y el mandato se empiezan a construir en lo electoral, por lo que el gran reto es blindar las instituciones para que puedan llevar adelante programas que trascienden el ciclo electoral, a la par que tener “oxígeno político” en el corto plazo.
En ese sentido, Lebdioui dijo que el único ejemplo de un político que ganó elecciones con política industrial es uno no tan positivo: Donald Trump en Estados Unidos con su slogan “Make America Great Again”, ya que logró controlar la narrativa de lo que “great” podía significar.
Por su parte, María Fernanda Valdés, del departamento de asuntos económicos y sociales de Naciones Unidas y exministra en Colombia, contó que a partir de su propia experiencia, lo más complejo para implementar política industrial es lo que ella llama llama “la economía política del desmontaje”, ya que cada gobierno no se encuentra con una hoja en blanco, sino con que tiene que desmontar privilegios, incentivos y marcos tributarios no escritos que benefician actores con poder que van a resistirse al cambio.
Agregó que en ningún punto del espectro político se ha sabido adoptar una narrativa adecuada y clara de lo que es la política industrial.
“A la izquierda, la política industrial le suena a élite, a empresarios y a rentas. Y cuando uno lo ve desde la derecha, a ellos les suena eso a impuestos, les suena a plata, a déficit fiscal. Y es interesante que ninguna de las dos cosas es verdad. Ni la política industrial tiene que ser muy costosa, ni la política industrial es un tema de elites: uno puede tener unos objetivos completamente sociales de redistribución”, explicó.
Para Sabrina Fernandes, jefa de investigación del Instituto Alameda de Brasil, lo más importante ante la actual crisis climática, es indispensable integrar a las comunidades en la toma de decisiones sobre soberanía económica y recursos finitos . Agregó que sí podría haber un atractivo político y social si se le presenta a la juventud como una perspectiva de futuro, en medio de un ambiente de desesperanza de que ya no tienen las mismas oportunidades que tuvieron las generaciones de sus padres.
“Con la política industrial que mira el empleo digno, directo, como un camino seguro desde el entrenamiento, la educación, la universidad, puede ser también una oportunidad de presentarle a la juventud un camino para que sean protagonistas del cambio. Ahí tenemos una gran oportunidad electoral también”, expuso.
Ante las tensiones expuestas, Lebdioui indicó tres elementos indispensables para que las democracias implementen política industrial exitosa y logren el desarrollo económico a largo plazo. Uno, el consenso político entre partidos, del que puso de ejemplo a Irlanda, donde las políticas continúan a pesar de cambios de gobierno. Dos, crear coaliciones sociales, pero señaló la necesidad de que vengan de demandas desde abajo y no del consenso entre élites empresariales, como ha ocurrido en Corea del Sur y empresas como Samsung o LG, que han sido quienes dictan la política industrial. Y tres, señaló también la necesidad de que haya una institución especializada con cierto aislamiento para la ejecución de la política industrial, que sea capaz de mantener una visión a largo plazo, como ha hecho Finlandia con su agencia de innovación.
Los ponentes coincidieron en este último punto y concluyeron con llamados a trabajar en redes de colaboración y nuevas narrativas que permitan acercar la política industrial a la ciudadanía para verla como una herramienta de prosperidad colectiva.
Desde FuturoLab, el Co-Lab de Política Industrial de Oxford-México, se organizó este foro en el afán de renovar la discusión de este tipo de políticas en México y para conectar con diversos actores y agendas, como el reforzamiento de la democracia.
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